Conjunto catedralicio
La Catedral de la Asunción es el monumento más emblemático de la ciudad. La ambiciosa construcción de principios del siglo XVI, fue un proyecto ciudadano financiado por el propio Concejo Municipal. El resultado fue un templo de grandes dimensiones y planta de salón, en el que las tres naves presentan la misma altura, dando lugar a un espacio interior diáfano, equilibrado y a la vez majestuoso.
Del retablo mayor destaca el espectacular basamento de alabastro, obra de Damián Forment y de su discípulo Juan de Liceire.
A partir del siglo XVII el templo se enriqueció con nuevas capillas de las que destacan las dos de los pies, ambas obras del barroco pleno, ya del siglo XVIII.
La torre se levanta exenta al norte de la cabecera de la catedral, quizá porque el alminar de la mezquita fue reutilizado como campanario cuando, tras la conquista cristiana, éste fue consagrada catedral.
Hacia comienzos del XIV, este minarete fue derribado y sustituido por una torre medieval (los muros de los cuerpos inferiores tienen un grosor superior a los 2 m). A principios del siglo XVII se añadió un cuerpo más al modo de una contra torre o torre interior, de ladrillo al interior y sillería al exterior. La construcción del chapitel en el siglo XVIII le proporcionó un aspecto definitivo.
El sonido de sus campanas ponía en marcha la vida de la ciudad, pero además de funciones civiles y religiosas, se utilizó como atalaya y refugio en varias ocasiones.
Dentro del Conjunto Catedralicio se sitúa el Museo Diocesano, que además de una interesante colección de piezas de orfebrería y tejidos, reúne preciosas obras de escultura y pintura medieval.
Las excavaciones realizadas en el interior de la catedral (Jardín Arqueológico) han sacado a la luz restos de la mezquita (siglo X), de la anterior iglesia, del claustro gótico, de la abadía y del cementerio de finales del siglo XVIII.
A pocos metros de la catedral se encuentra el Palacio Episcopal. Cuando en 1571, tras varios años de pleitos, Barbastro recuperó su categoría de Sede Episcopal, la ciudad se comprometió para proporcionar a los obispos una residencia acorde con su dignidad.
Al exterior, respondía genuinamente al tipo palacio aragonés. La torre en el flanco es una reminiscencia de las residencias rurales fortificadas, un signo de poder del que no pudieron prescindir sus dueños en las viviendas ciudadanas.
El aspecto actual del palacio, su portada y sus dos miradores, corresponden a una reforma del siglo XIX.